La cenicienta de Bolivar


En el año 1824 el párroco de Cajabamba, don José Perea, y los coadjutores de la parroquia, como don Manuel José Carbajal y don Nicolás Vereau (estos últimos vinculados con el parentesco de varias familias cajabambinas y ayudados por el general La Mar), en vista de la generosidad y atención de los lugareños lograron desagraviar al Libertador que, desde su llegada, está incómodo entre “godos” y “realistas”, convenciéndolo por fin de la sincera adhesión de Cajabamba a la causa emancipadora por los doce mil pesos contantes y sonantes reunidos, los cuales tuvieron la virtud de hacerlo cambiar de talento. Por esto y mucho más decidió permanecer algún tiempo en Gloriabamba, pues la excelencia de su clima muy bien le asentaba a su organismo.
Habiendo llegado a mediados de 1824 Simón Bolívar permaneció hasta fines del mes de julio, fecha en que salió de nuestra provincia para enfrentarse al poderío español en Junín (se dice que desde esta tierra escribió una carta al general Antonio José de Sucre).
Bolívar estuvo en Cajabamba en los meses de mayo y junio, época de las clásicas “saca de papas” y de las “trillas”, las cuales traducen su colorido folklórico y vernacular.
En estos días hubo fiestas, comidas y saraos en honor al Libertador. En la Pampa Grande, lugar ameno, poético y de bello paisaje, situado a kilómetro y medio de la Plaza de Armas, se había organizado un festín campestre con motivo de una “saca de papas”; y como la “trilla” conserva entre nosotros el nombre típico de “minga”, era deseo de sus anfitriones hacer participar a don Simón Bolívar como invitado de honor. Asistió a dicho acto festivo la flor y nata de la sociedad cajabambina. Entre las damas resaltaba por su lozanía juvenil y deslumbrante belleza doña Josefa Ramírez, a quien cariñosamente en sociedad llamaban “Chepita”, y cuyo padre, no obstante el notorio hispanismo de Cajabamba realista, era decidido partidario de la causa de la Independencia, pues había estado en comunicación secreta con Bolívar.
Allí estaban las damas haciendo derroche de galanura, distinción y lujo desbordante, ataviadas con amplias faldas armadas de “crinolinas” y “categorías” que llevaban el nombre de “sayas culecas”; altas peinetas con tembleques o gusanillos de oro y perlas; las manos exornadas con joyas diamantinas, esmeraldas y zafiros; los ricos mantones de Manila tornasolados, policromáticos y sugestivos; las finas medias y los zapatos de rostro bajo, hechos de raso de seda con hebilla de oro, cubrían los delicados pies.
Bolívar se encontraba presente con el general José de La Mar y su Estado Mayor, todos con gran uniforme. Y mientras en la chacra los peones hacían centellear a los “chiguacos” o lampillas, hurgando el surco terroso y pródigo de tubérculos, los olores de fritangas de gran cantidad de cuyes y gallinas, patos y carneros infestaban el ambiente; a la par que la bien preparada chicha de jora cajabambina circulaba en vajillas de plata repujada, irrumpiendo los sones de las arrebatadoras “zamacuecas” que suelen enredarse en los tobillos y obligan a matar al gusano que se agita sobre los pies. El Libertador no pudiendo contenerse invitó a la simpatiquísima doña Chepita a bailar, el criollo anfitrión, como tradicional es en Cajabamba con personajes de consideración, pidió con voz sonora y multánime: “¡Solos!”... “¡Solos!”... y así fue.
El Libertador para actuar libremente se despojó de la histórica y victoriosa espada de Caracas, sobre los españoles y Canario en los llanos del Orinoco venezolano, que llevaba ceñida y la colgó en la rama de una planta de capulí, cuyo tronco añoso y más que centenario se ve aún en un solar al norte del campo de aviación; casa-quinta que a fines del siglo XIX perteneció al señor David Figueroa, luego al señor José Espinoza (quien en 1883 participó en la batalla de Huamachuco), y, finalmente, a los señores Alcalde, cuyos herederos hasta ahora lo poseen.
Fue en la oportunidad anotada que en el furor del zapateo se le zafó a doña Chepita el diminuto zapato raso, a cambio de lastimarse los delicados pies siguió bailando, en su afán de domar al indomable.
El Libertador, ante quien temblaba España y se posternó la América toda, paró en seco, hincó rodilla en tierra y la calzó por su propia mano abrochando la dorada hebilla.
Es la réplica fiel del Príncipe Legendario calzando los pies de porcelana de la bella cenicienta.

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