Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco, mejor conocido como Simón Bolívar, (Caracas, 24 de julio de 1783. Santa Marta, Colombia, 17 de diciembre de 1830) fue un militar y político venezolano, una de las figuras mas destacadas de la Emancipación Americana frente al Imperio Español junto con el argentino José de San Martín. Contribuyo de manera decisiva a la independencia de las actuales Bolivia, Colombia Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela. Le fue conocido el titulo honorífico de Libertador por el Cabildo de Merida en Venezuela que, tras serle ratifico en Caracas, quedo asociado a su nombre.
El Libertador
Algunas historias del Libertador

1.- En 1819 El Libertador no conocía personalmente a Sucre y subiendo el Orinoco se encuentra frente a el en una flechera.Bolívar pregunta: ¿Quién va en la flechera?“El general Sucre” Le contestan.“No hay tal General” responde Bolívar.Sucre tiene que explicarle que sus servicios le habían hecho merecedor del ascenso, pero si no era del agrado del General Bolívar no aceptaría el grado. El caraqueño presento excusas y desde ese momento una gran amistad los unió.
2.- El Príncipe de Asturias Fernando, invito a Bolívar un día a jugar raqueta y este le pego con la pelota en la cabeza tumbándole el gorro el futuro monarca se molesto calmándolo su madre La reina Maria Luisa de Parma. Pasarían los años y el joven caraqueño le arrancaría una de las joyas más preciosa de su corona.
3.- Al llegar Bolívar a Los Llanos donde se encontraba Páez sabía que para atraer la adhesión de los llaneros debían demostrarle que seria su jefe. Que podría igual que ellos galopar hasta cansar el caballo, cruzar un río a nado, luchar contra el caimán o el tigre. Tenía que ser tan macho o mas macho que ellos, para eso tuvo que someterse a agobiantes tareas, no permitía que nadie le ganara ni en agilidad ni en inteligencia. Tuvo que arriesgarse en pruebas de habilidades, entre todas las cosas que hizo fue que apostar con un Coronel Martel, que era uno de sus escribientes que seria capaz de nadar con las manos amarradas atrás. Nadie quería que lo hiciera, pero le dijo a Ibarra que le amarrara las manos, cosa que hizo y se lanzo al agua. Ibarra temiendo que se ahogase, había colocado en el río dos buenos nadadores para auxiliarlo, pero no fue necesario, aunque con trabajo lo logro. Otra prueba que hizo pero en esta si no salio bien librado fue que quiso, como había visto que los llaneros hacían, saltar sobre un caballo de la cola al lomo. Lo logro a la tercera vez pero recibiendo tremendo golpe en los testículos.
4.- En el año 1827 llega Bolívar a Venezuela, sus parientes salen a recibirlo, todos lo quieren abrazar y un hombre joven se queda rezagado. El Libertador lo reconoce es Bartolomé, hijo de su tío Feliciano Palacios, realista furibundo y contrario a la libertad de Venezuela de la Madre Patria. Sorprendido le pregunta: ¿Y mi tío Feliciano porque no vino? Turbado el joven no sabe que excusa dar. Dos horas después al encontrarse con el tío disidente este le dijo las siguientes palabras: “Sobrino el tiempo dirá quien de los dos tiene la razón”
5.- Doña Maria Antonia Bolívar, hermana de nuestro héroe en La Habana, luchaba contra la pobreza y la locura incurable de su esposo. En el año 1816 tuvo que escribir unos documentos en contra de su hermano, donde decía que prefería vivir pobremente para no encontrarse con un hermano que le había causado todas sus desgracias. Prefería huir y no contaminarse con el.Un día acercándose Sucre a caballo a un grupo en que se encuentra El Libertador Simón Bolívar, su Edecán Florencio O´Leary le pregunta:¿Quién es ese mal jinete que se no acerca? Es, responde Bolívar, uno de los mejores oficiales del Ejército. Reúne los conocimientos profesionales de Soublette, el bondadoso carácter de Briceño, el talento de Santander y la actividad de Salom. Por extraño que parezca, no se le conoce ni se sospecha sus actitudes. Estoy resulto a sacarle a la luz, persuadido de que algún día me rivalizara.
6.- Simón Bolívar fue un muchacho indisciplinado y salvaje, por esta razón antes de la muerte de su madre queda a cargo del Licenciado José Sáenz, consejero familiar y manejador de las propiedades de los Bolívar. Dos anécdotas nos dibujan las relaciones entre el niño rebelde y el rígido caballero. Un día el licenciado Sáenz lo llamo barrilito de pólvora y Simón le respondió:“Tenga cuidado, no se me acerque puedo estallar.”Otro día mientras cabalgaban juntos, Sáenz en un caballo y Bolívar en burro, el Licenciado le dice:“Me temo que usted nunca será un buen jinete.”A lo que el niño le respondió:“Como voy a ser un buen jinete, montando un burro demasiado débil para cargar leña.”
7.- Estando Bolívar en Francia poco después de la muerte de su esposa se consigue en una reunión al famoso barón Alejandro Humboldt que acababa de viajar por La América española el joven le pregunta que pensaba sobre la independencia de ese continente y la respuesta del sabio fue que ya estaba listo para obtener su libertad pero que no conocía hombre capaz de dirigir tan grande empresa. ¿Que pensaría el sabio años después cuando se acordaba de esta conversación y ya Bolívar era El Libertador?
8.- En una de las reuniones que tuvieron los primeros promotores de la Independencia de Venezuela a las cuales concurrieron Vicente Salías, los Montillas, José Félix Ribas, Vicente Pelaron, Andrés Bello, Simón y Juan Vicente Bolívar este ultimo propone a su hermano para ser el jefe de la revolución. Todos los concurrentes no aceptaron ya que les parecía Simón Bolívar sin experiencia ni capacidad para tan alta misión.
9.- Estando Bolívar en Guiria existía un ambiente hostil en su contra, Mariño aconsejado por Bermúdez había realizado una campaña para desprestigiar. Decían que el caraqueño se llevaría la tropa para dejar la ciudad en manos del español Morales. Una muchedumbre se reúne frente a su alojamiento gritando en su contra. El Libertador decide enfrentarlos, con las manos en el bolsillo de su casaca con gesto adusto sale con paso firme. La gente ante la sangre fría del héroe ruge y trata de abalanzarse sobre el. Hierve la ira en el héroe patriota y desenvaina la espada. Los que le atacan prevén que van a morir y retroceden. Bermúdez viendo esto también desenvaina su sable. Mariño se interpone ya que sabe que Bolívar mata a la primera estocada.
Los Llaneros y Bolivar

Al llegar a los llanos a conocer a Paez, Bolívar se encuentra con un ejército comandado por el llanero de 4.000 hombres y 40.000 caballos y en la provincia de Casanare se encuentra el Coronel patriota Ramón Nonato Pérez que cuenta con 2.000 hombres más.
Arenga a las nuevas tropas que quiere anexar a los aguerridos luchadores que están bajo su mando:
«Llaneros, vosotros seréis independientes, aunque se oponga todo. Vuestras lanzas y estos desiertos os libran de la tiranía. ¿Quien puede subyugar la inmensidad? Preparaos al combate; vuestros hermanos de Guayana, de Barcelona y Caracas estarán a vuestro lado. El impertérrito General Páez los conducirá a la victoria y el genio de la libertad escribirá vuestros nombres en los fastos de la gloria. Llaneros: sois invencibles».
El Libertador logra convencer a Páez y a su gente para que luchen bajo sus órdenes, el hábil caraqueño sabe que l no podrá convencer a estos hombres solamente con discursos. Estos eran individuos que hacían meritos con hazañas de valentía y no con solo palabras.
Había que ser igual o más machos que ellos, debía dar ejemplo, mostrarse familiar, fuerte, audaz, capaz de todo, comer como los llaneros, carne seca y casabe ; colear toros, nadar como ellos ríos infestados de caimanes y caribes, dormir en chinchorro o sobre la sábana, vestirse como ellos, hablar con frases de esas tierras y hasta bailar con las muchachas al son de cuatro y maracas.
Existen anécdotas donde retratan los esfuerzos realizados por El Libertador para ganar esa fidelidad de estos hombres bragados como cuando compite con el coronel Martel de nadar en un río caudaloso atado de manos y pudiendo llegar a la otra orilla con mucho esfuerzo. Sus hombres tomaron este hecho como ejemplo de su indomable voluntad, Bolívar nunca se dio por vencido.
Otra de las anécdotas cuenta que Bolívar vio a los llaneros que saltaban a los lomos del caballo desde la cola y lo intento varias veces pero dándose al final un fuerte golpe ustedes se imaginan donde.
Con esto Páez y sus llaneros reconocieron y comprendieron la superioridad de su nuevo jefe.
"Confieso -dijo posteriormente- que hice una locura pero no quería que nadie dijese que me pasaba en agilidad y que hubiera uno que pudiese decir que hacía lo que yo no podía hacer."
Consecuencias de estas penalidades y sacrificios para emular a los llaneros son las llagas y mataduras que sufre en los muslos y que viene a curarse en San Fernando de Apure en mayo de 1818.
Con todo este ejemplo se ganaría la fidelidad de esos hombres y los llevaría a través de los campos de batalla, con ellos cruzo Los Andes, hazaña que no tiene comparación en la historia militar del mundo ya que Aníbal cruzo los helados Alpes para atacar a Roma, pero lo hizo en la época de otoño y con hombres acostumbrados al frío ya que eran de tierras donde las temperaturas eran bajas. En cambio Bolívar lo hizo con hombres de tierra caliente y en la época de invierno.
Cuando el General Pablo Morillo supo del paso de Los Andes le escribió al rey de España:
"Dadme cien mil llaneros y me paseo por Europa en nombre del Rey de España"
Simón Bolívar cuando emprendió la lucha por la libertad no escatimo esfuerzos ni sacrificios para lograr sus metas, se comenta que sus nalgas estaban llenas de callos por tanto montar caballo y como un día me contó el Cronista de Valera; Don Luís González; que Bolívar decía que esos callos eran los pueblos que había recorrido en busca de la libertad.
La cenicienta de Bolivar

En el año 1824 el párroco de Cajabamba, don José Perea, y los coadjutores de la parroquia, como don Manuel José Carbajal y don Nicolás Vereau (estos últimos vinculados con el parentesco de varias familias cajabambinas y ayudados por el general La Mar), en vista de la generosidad y atención de los lugareños lograron desagraviar al Libertador que, desde su llegada, está incómodo entre “godos” y “realistas”, convenciéndolo por fin de la sincera adhesión de Cajabamba a la causa emancipadora por los doce mil pesos contantes y sonantes reunidos, los cuales tuvieron la virtud de hacerlo cambiar de talento. Por esto y mucho más decidió permanecer algún tiempo en Gloriabamba, pues la excelencia de su clima muy bien le asentaba a su organismo.
Habiendo llegado a mediados de 1824 Simón Bolívar permaneció hasta fines del mes de julio, fecha en que salió de nuestra provincia para enfrentarse al poderío español en Junín (se dice que desde esta tierra escribió una carta al general Antonio José de Sucre).
Bolívar estuvo en Cajabamba en los meses de mayo y junio, época de las clásicas “saca de papas” y de las “trillas”, las cuales traducen su colorido folklórico y vernacular.
En estos días hubo fiestas, comidas y saraos en honor al Libertador. En la Pampa Grande, lugar ameno, poético y de bello paisaje, situado a kilómetro y medio de la Plaza de Armas, se había organizado un festín campestre con motivo de una “saca de papas”; y como la “trilla” conserva entre nosotros el nombre típico de “minga”, era deseo de sus anfitriones hacer participar a don Simón Bolívar como invitado de honor. Asistió a dicho acto festivo la flor y nata de la sociedad cajabambina. Entre las damas resaltaba por su lozanía juvenil y deslumbrante belleza doña Josefa Ramírez, a quien cariñosamente en sociedad llamaban “Chepita”, y cuyo padre, no obstante el notorio hispanismo de Cajabamba realista, era decidido partidario de la causa de la Independencia, pues había estado en comunicación secreta con Bolívar.
Allí estaban las damas haciendo derroche de galanura, distinción y lujo desbordante, ataviadas con amplias faldas armadas de “crinolinas” y “categorías” que llevaban el nombre de “sayas culecas”; altas peinetas con tembleques o gusanillos de oro y perlas; las manos exornadas con joyas diamantinas, esmeraldas y zafiros; los ricos mantones de Manila tornasolados, policromáticos y sugestivos; las finas medias y los zapatos de rostro bajo, hechos de raso de seda con hebilla de oro, cubrían los delicados pies.
Bolívar se encontraba presente con el general José de La Mar y su Estado Mayor, todos con gran uniforme. Y mientras en la chacra los peones hacían centellear a los “chiguacos” o lampillas, hurgando el surco terroso y pródigo de tubérculos, los olores de fritangas de gran cantidad de cuyes y gallinas, patos y carneros infestaban el ambiente; a la par que la bien preparada chicha de jora cajabambina circulaba en vajillas de plata repujada, irrumpiendo los sones de las arrebatadoras “zamacuecas” que suelen enredarse en los tobillos y obligan a matar al gusano que se agita sobre los pies. El Libertador no pudiendo contenerse invitó a la simpatiquísima doña Chepita a bailar, el criollo anfitrión, como tradicional es en Cajabamba con personajes de consideración, pidió con voz sonora y multánime: “¡Solos!”... “¡Solos!”... y así fue.
El Libertador para actuar libremente se despojó de la histórica y victoriosa espada de Caracas, sobre los españoles y Canario en los llanos del Orinoco venezolano, que llevaba ceñida y la colgó en la rama de una planta de capulí, cuyo tronco añoso y más que centenario se ve aún en un solar al norte del campo de aviación; casa-quinta que a fines del siglo XIX perteneció al señor David Figueroa, luego al señor José Espinoza (quien en 1883 participó en la batalla de Huamachuco), y, finalmente, a los señores Alcalde, cuyos herederos hasta ahora lo poseen.
Fue en la oportunidad anotada que en el furor del zapateo se le zafó a doña Chepita el diminuto zapato raso, a cambio de lastimarse los delicados pies siguió bailando, en su afán de domar al indomable.
El Libertador, ante quien temblaba España y se posternó la América toda, paró en seco, hincó rodilla en tierra y la calzó por su propia mano abrochando la dorada hebilla.
Es la réplica fiel del Príncipe Legendario calzando los pies de porcelana de la bella cenicienta.
Habiendo llegado a mediados de 1824 Simón Bolívar permaneció hasta fines del mes de julio, fecha en que salió de nuestra provincia para enfrentarse al poderío español en Junín (se dice que desde esta tierra escribió una carta al general Antonio José de Sucre).
Bolívar estuvo en Cajabamba en los meses de mayo y junio, época de las clásicas “saca de papas” y de las “trillas”, las cuales traducen su colorido folklórico y vernacular.
En estos días hubo fiestas, comidas y saraos en honor al Libertador. En la Pampa Grande, lugar ameno, poético y de bello paisaje, situado a kilómetro y medio de la Plaza de Armas, se había organizado un festín campestre con motivo de una “saca de papas”; y como la “trilla” conserva entre nosotros el nombre típico de “minga”, era deseo de sus anfitriones hacer participar a don Simón Bolívar como invitado de honor. Asistió a dicho acto festivo la flor y nata de la sociedad cajabambina. Entre las damas resaltaba por su lozanía juvenil y deslumbrante belleza doña Josefa Ramírez, a quien cariñosamente en sociedad llamaban “Chepita”, y cuyo padre, no obstante el notorio hispanismo de Cajabamba realista, era decidido partidario de la causa de la Independencia, pues había estado en comunicación secreta con Bolívar.
Allí estaban las damas haciendo derroche de galanura, distinción y lujo desbordante, ataviadas con amplias faldas armadas de “crinolinas” y “categorías” que llevaban el nombre de “sayas culecas”; altas peinetas con tembleques o gusanillos de oro y perlas; las manos exornadas con joyas diamantinas, esmeraldas y zafiros; los ricos mantones de Manila tornasolados, policromáticos y sugestivos; las finas medias y los zapatos de rostro bajo, hechos de raso de seda con hebilla de oro, cubrían los delicados pies.
Bolívar se encontraba presente con el general José de La Mar y su Estado Mayor, todos con gran uniforme. Y mientras en la chacra los peones hacían centellear a los “chiguacos” o lampillas, hurgando el surco terroso y pródigo de tubérculos, los olores de fritangas de gran cantidad de cuyes y gallinas, patos y carneros infestaban el ambiente; a la par que la bien preparada chicha de jora cajabambina circulaba en vajillas de plata repujada, irrumpiendo los sones de las arrebatadoras “zamacuecas” que suelen enredarse en los tobillos y obligan a matar al gusano que se agita sobre los pies. El Libertador no pudiendo contenerse invitó a la simpatiquísima doña Chepita a bailar, el criollo anfitrión, como tradicional es en Cajabamba con personajes de consideración, pidió con voz sonora y multánime: “¡Solos!”... “¡Solos!”... y así fue.
El Libertador para actuar libremente se despojó de la histórica y victoriosa espada de Caracas, sobre los españoles y Canario en los llanos del Orinoco venezolano, que llevaba ceñida y la colgó en la rama de una planta de capulí, cuyo tronco añoso y más que centenario se ve aún en un solar al norte del campo de aviación; casa-quinta que a fines del siglo XIX perteneció al señor David Figueroa, luego al señor José Espinoza (quien en 1883 participó en la batalla de Huamachuco), y, finalmente, a los señores Alcalde, cuyos herederos hasta ahora lo poseen.
Fue en la oportunidad anotada que en el furor del zapateo se le zafó a doña Chepita el diminuto zapato raso, a cambio de lastimarse los delicados pies siguió bailando, en su afán de domar al indomable.
El Libertador, ante quien temblaba España y se posternó la América toda, paró en seco, hincó rodilla en tierra y la calzó por su propia mano abrochando la dorada hebilla.
Es la réplica fiel del Príncipe Legendario calzando los pies de porcelana de la bella cenicienta.
Los burros de aqui y los burros de alla
Hacía rato que dos acompañantes del Libertador se habían trabado en una lucha “sin cuartel” en el Cuartel General de Huamachuco. Se trataba de un duelo de remoquetes entre el doctor Bernardo Monteagudo y Sánchez Carrión, quien por el incidente de Angasmarca había quedado dueño del campo en el que los había colocado el “gran quema sangre” de Bolívar. Pero si Dios es grande, el diab
lo es de buen tamaño; y se presentó la ocasión para apagarle el farol a Sánchez Carrión. Hasta hoy se está dilucidando quien debe pagar los platos rotos de una rivalidad entre Huamachuco y Cajabamba. Sin embargo, esclareciendo el momento en que se produce esta anécdota, Huamachuco, o mejor su gente, lo ofrendaba todo en aras de la patria; mientras los cajabambinos, como don Miguel de Escalante a la cabeza, hacían de las suyas por el rey y su Corona. Debido a uno de los acostumbrados paseos que Bolívar hacía en compañía de ambos “contendientes”, en esta ocasión con Sánchez Carrión y acompañados por el invitado cajabambino (quien había llegado a Huamachuco para presentar sus respetos al Libertador), Bolívar apreció no tan sólo la adhesión de Cajabamba a la causa libertadora, sino también la agudeza e ingenio que demostró en las veladas y sobremesas en las que participó el cajabambino. Entonces, la invitación que le hizo para el paseo tenía su “porqué”; llevar a cabo un nuevo duelo entre el cajabambino y Sánchez Carrión, valiéndose de comparanzas entre los dos pueblos “rivales”. Después de un gran recorrido por el camino que iba a Cajabamba llegaron al río Negro, límite entre Huamachuco y Cajabamba -dato que le hicieron conocer los acompañantes-, Sánchez Carrión con un inadecuado gesto y creyéndose triunfador sobre Monteagudo pretendió sellar su prestigio aplastante, y dirigiéndose al Libertador exclamó: Desengáñese vuestra excelencia... “desde este río hasta Cajabamba ni los burros son buenos”; a lo que contestó el cajabambino: “desde este río hasta Huamachuco que buenos burros”. Bolívar ensayó una mueca burlona por unos instantes, regresando a Huamachuco en ambiente de compungidas y veladas sonrisas. Llegados a Huamachuco y noticiado Monteagudo del incidente del río Negro, no hay para que decir el “gustazo” que tuvo de la estocada aplicada, sin ánimo de venganza, por el cajabambino.
lo es de buen tamaño; y se presentó la ocasión para apagarle el farol a Sánchez Carrión. Hasta hoy se está dilucidando quien debe pagar los platos rotos de una rivalidad entre Huamachuco y Cajabamba. Sin embargo, esclareciendo el momento en que se produce esta anécdota, Huamachuco, o mejor su gente, lo ofrendaba todo en aras de la patria; mientras los cajabambinos, como don Miguel de Escalante a la cabeza, hacían de las suyas por el rey y su Corona. Debido a uno de los acostumbrados paseos que Bolívar hacía en compañía de ambos “contendientes”, en esta ocasión con Sánchez Carrión y acompañados por el invitado cajabambino (quien había llegado a Huamachuco para presentar sus respetos al Libertador), Bolívar apreció no tan sólo la adhesión de Cajabamba a la causa libertadora, sino también la agudeza e ingenio que demostró en las veladas y sobremesas en las que participó el cajabambino. Entonces, la invitación que le hizo para el paseo tenía su “porqué”; llevar a cabo un nuevo duelo entre el cajabambino y Sánchez Carrión, valiéndose de comparanzas entre los dos pueblos “rivales”. Después de un gran recorrido por el camino que iba a Cajabamba llegaron al río Negro, límite entre Huamachuco y Cajabamba -dato que le hicieron conocer los acompañantes-, Sánchez Carrión con un inadecuado gesto y creyéndose triunfador sobre Monteagudo pretendió sellar su prestigio aplastante, y dirigiéndose al Libertador exclamó: Desengáñese vuestra excelencia... “desde este río hasta Cajabamba ni los burros son buenos”; a lo que contestó el cajabambino: “desde este río hasta Huamachuco que buenos burros”. Bolívar ensayó una mueca burlona por unos instantes, regresando a Huamachuco en ambiente de compungidas y veladas sonrisas. Llegados a Huamachuco y noticiado Monteagudo del incidente del río Negro, no hay para que decir el “gustazo” que tuvo de la estocada aplicada, sin ánimo de venganza, por el cajabambino.
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